El espectáculo es una afirmación de la apariencia y la afirmación de toda vida humana, es decir social, como simple apariencia En un sistema de vida tan considerado como lo es el actual, que por distintas circunstancias combinamos el espectáculo con las sociedades mismas entrelazadas con una parte de la sociedad y como instrumento de unificación. En tanto que parte de la sociedad, el espectáculo es expresamente el sector que concentra toda mirada y toda conciencia. Por hecho, el espectáculo es una relación social entre personas mediatizada por imágenes, no puede ser comprendido como el abuso de un mundo de la visión o como el producto de las técnicas de difusión masiva de imágenes. Se trata más bien de una visión del mundo que se ha objetivado.
Si definimos el espectáculo independientemente, es considerado en su totalidad, el resultado y el proyecto de un modo de producción existente, alimentado cada vez más por todo aquello que queremos ver y por lo tanto fomentamos dichas actividades, no es un suplemento al mundo real ni su decoración superpuesta sino el corazón del irrealismo de la sociedad real bajo todas sus formas particulares como información o propaganda, publicidad o consumo directo de entretenciones.
La forma y el contenido del espectáculo son idénticamente la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente
La mercancía como espectáculo
El fenómeno del comercio es un movimiento esencial del espectáculo, que consiste en retomar todo lo que existía en la actividad humana y las cosas que han llegado a ser el valor exclusivo por medio de su formulación negativa del valor vivido.
Es el principio del fetichismo (es la devoción hacia los objetos materiales) de la mercancía, la dominación de la sociedad a través de “cosas suprasensibles aunque sensibles” lo que hace absolutamente efectivo el espectáculo, en donde el mundo sensible se encuentra reemplazado por una selección de imágenes que existe por encima de él y que al mismo tiempo se ha hecho reconocer como lo sensible por excelencia.
No obstante si vemos en la cotidianidad, las calles de nuestra ciudad están inundadas por una gran variedad de mercancías que fuera de ser de un espectáculo al que ya nos hemos acostumbrados invaden parte de nuestra espacio público. El mundo, a la vez presente y ausente, es el espectáculo de la mercancía “humana” puesto que somos los principales culpables de dicho problema y la mercancía se hace ver tal cual es, pues su movimiento es idéntico al alejamiento de los hombres entre sí y frente a su producto global.
La pérdida de la calidad, tan evidente a todos los niveles del lenguaje espectacular, de los objetos que éste elogia y de las conductas que regula, no hace más que traducir los caracteres fundamentales de la producción real que diseña la realidad. La mercancía la podemos concebir como todo aquello que se puede vender o comprar, usualmente el término se aplica a bienes económicos; también es importante señalar que el concepto mercancía no se refiere sólo a aquello que se entrega, sino también al momento en que se entrega y al lugar donde se recibe, involucrando a la sociedad por ser un medio de espectáculo exhibida en su totalidad.
El mundo realmente invertido
Esto es un momento falso, ya que el concepto de espectáculo unifica y explica una gran diversidad de fenómenos aparentes. Sus diversidades y contrastes son las apariencias de un espejismo organizado socialmente, que debe ser a su vez reconocida en su verdad general. Considerado según sus propios términos, el espectáculo es la afirmación de la apariencia y la afirmación de toda vida humana, y por tanto social, como simple apariencia. Pero la crítica que alcanza la verdad del espectáculo lo descubre como la negación visible de la vida. La clase ideológica totalitaria en el poder es el poder de un mundo invertido, cuanto más fuerte es, más afirma que no existe, y su fuerza le sirve antes que nada para afirmar su inexistencia.
La realidad vivida es materialmente invadida por la contemplación del espectáculo, y reproduce en sí misma el orden espectacular concediéndole una adhesión positiva y la realidad objetiva está presente en ambos lados. Cada noción así fijada no tiene otro fondo que su paso a lo opuesto, la realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real. Esta alienación recíproca es la esencia y el sostén de la sociedad existente.
Unidad y división en la apariencia
La polémica que se genera frente a este tema en cuanto a si se une o se divide causa mucho efecto en algunos países. Este debate es una lucha entre los que están por y los que están contra la dialéctica materialista, una lucha entre dos concepciones del mundo: la concepción proletaria y la concepción burguesa. Ambos lados han dibujado una nítida lineal de demarcación entre ellos y sus argumentos son diametralmente opuestos.
El espectáculo, como la sociedad moderna, está a la vez unido y dividido, Pero la contradicción, cuando emerge en el espectáculo, es a su vez contradicha por una inversión de su sentido; de forma que la división mostrada es unitaria, mientras que la unidad mostrada está dividida. La sociedad portadora del espectáculo no domina solamente por su hegemonía económica las regiones subdesarrolladas, si no que en tanto que sociedad del espectáculo. Donde la base material todavía está ausente, la sociedad moderna ya ha invadido espectacularmente la superficie social de cada continente. Si el espectáculo, contemplado en sus diversas localizaciones, pone en evidencia las especializaciones totalitarias de la palabra y de la administración social, éstas llegan a fundirse, al nivel del funcionamiento global del sistema, en una división mundial de tareas.
Las falsas luchas espectaculares entre formas rivales de poder separado son al mismo tiempo real en cuanto expresan el desarrollo desigual y conflictivo del sistema, los intereses relativamente contradictorios de las clases o de las subdivisiones de clases que aceptan el sistema y definen su propia participación en su poder.
Bajo las diversiones cambiantes del espectáculo domina mundialmente la sociedad moderna, la domina también en cada uno de los puntos donde el consumo desarrollado de mercancías ha multiplicado aparentemente los roles y los objetos a elegir concentrando en la imagen del hombre viviente.
El espectáculo concentrado pertenece esencialmente al capitalismo burocrático, aunque pueda ser importando como técnica del poder estatal en economías mixtas más atrasadas o en ciertos momentos de crisis del capitalismo avanzado.
El proletariado como sujeto y representación
El movimiento real que suprime las condiciones existentes gobierna las sociedades a partir de la victoria de la burguesía en la economía, y lo hace visiblemente tras la traducción política de esta victoria. El desarrollo de las fuerzas productivas ha hecho estallar las antiguas relaciones de producción y todo orden estático se desploma. Todo lo que era absoluto se convierte en histórico.
Cuando el proletariado manifiesta por su propia existencia en actos que este pensamiento de la historia no se ha olvidado el desmentido de la conclusión es también la confirmación del método, esta autosugestión histórica, tan errónea como la podría haber concebido cualquier visionario político, sería incomprensible en el caso de Marx, que ya había estudiado seriamente la economía. El pensamiento de la historia no puede ser salvado más que transformándose en pensamiento práctico; y la práctica del proletariado como clase revolucionaria no puede ser menos que la conciencia histórica operando sobre la totalidad de su mundo. Todas las corrientes teóricas del movimiento obrero revolucionario han surgido de un enfrentamiento crítico con el pensamiento hegeliano, tanto en el caso de Marx como en el de Stirner o Bakunin.
El carácter inseparable de la teoría de Marx y del método hegeliano es a su vez inseparable del carácter revolucionario de esta teoría, es decir, de su verdad. Es en esto en lo que esta primera relación ha sido generalmente ignorada o mal comprendida, o incluso denunciada como el punto débil de lo que devenía engañosamente en una doctrina marxista. Bernstein, en Socialismo teórico y
Social democracia práctica, revela perfectamente esta conexión del método dialéctico y de la toma de posición histórica, lamentando las previsiones poco científicas del Manifiesto de 1847 sobre la inminencia de la revolución proletaria en Alemania
Al ser lanzados en la historia, al tener que participar en el trabajo y las luchas que la constituyen, los hombres se ven forzados a afrontar sus relaciones de una forma que no sea engañosa. Esta historia no tiene otro objeto que el que ella realiza sobre sí misma, aunque la última visión metafísica inconsciente de la época histórica pueda contemplar la progresión productiva a través de la cual la historia se despliega como el objeto mismo de la historia.
Marx destruyó la posición separada de Hegel ante lo que sucede; y la contemplación de un agente supremo exterior, sea el que sea. La teoría no tiene que conocer más que lo que ella hace. Por el contrario la contemplación del movimiento de la economía, en el pensamiento dominante de la sociedad actual es la heredera no subvertida de la parte no dialéctica del intento hegeliano de componer un sistema circular:. El proyecto de Marx es el de una historia consciente, lo cuantitativo que surge en el desarrollo ciego de las fuerzas productivas simplemente económicas debe cambiarse por la apropiación histórica cualitativa. La crítica de la economía política es el primer acto de este fin de la prehistoria: “De todos los instrumentos de producción, el de mayor poder productivo es la clase revolucionaria misma”.
La negación y el consumo de la cultura
Un hecho muy descriptivo de todas las personas que padecen un tipo de adicción que no necesariamente puede ser perjudicial es la negación del consumo de dicha actividad, transmitida por una cultura, la cual es la esfera general del conocimiento y de las representaciones de lo vivido en la sociedad histórica dividida en clases; lo que viene a decir que es el poder de generalización existiendo aparte, como división del trabajo intelectual y trabajo intelectual de la división. La cultura se ha desprendido de la unidad de la sociedad del mito, al ganar su independencia, la cultura comienza un movimiento imperialista de enriquecimiento que es al mismo tiempo el ocaso de su independencia. La historia que crea la autonomía relativa de la cultura y las ilusiones ideológicas sobre esta autonomía se expresan también como historia de la cultura. Pero la innovación en la cultura es acarreada nada más que por el movimiento histórico total que, al tomar conciencia de su totalidad, tiende a superar sus propias presuposiciones culturales y va hacia la supresión de toda separación.
Por otro lado, el impulso de los conocimientos de la sociedad, que contiene la comprensión de la historia como núcleo de la cultura, toma de sí mismo un conocimiento sin vuelta atrás que se ha expresado por la destrucción de Dios. Sería importante aclarar que la cultura emergió de la historia que ha disuelto el modo de vida del viejo mundo, pero en tanto que esfera separada no es todavía sino la inteligencia y la comunicación sensible que siguen siendo parciales en una sociedad parcialmente histórica, Es el sentido de un mundo demasiado poco sensato.
Cada uno de los dos frentes del fin de la cultura existe de un modo unitario, tanto en todos los aspectos de los conocimientos como en todos los aspectos de las representaciones sensibles -en lo que era el arte en el sentido más general. En el primer caso se oponen la acumulación de conocimientos fragmentarios que se vuelven inutilizables, porque la aprobación de las condiciones existentes debe finalmente renunciar a sus propios conocimientos, y la teoría de la praxis que detecta en solitario la verdad de todos ellos por ser la única que detenta el secreto de su uso. En el segundo caso se oponen la autodestrucción crítica del antiguo lenguaje común de la sociedad y su recomposición artificial en el espectáculo mercantil, la representación ilusoria de lo no-vivido.
Basado en el libro de Guy Debord (28 de diciembre de 1931 – 30 de noviembre de 1994), de nombre completo Guy Ernest Debord, fue un filósofo, escritor y cineasta francés, miembro de la Internacional Letrista, del grupo radical de posguerra Socialismo o barbarie y fundador y principal teórico de la Internacional Situacionista















